LA INSINUACIÓN

—…y es que ella se me había estado insinuando de una forma que podríamos adjetivar de descarada, estoy absolutamente convencido. Es más, me atrevería a asegurar que estuvo a punto de proponérmelo abiertamente desde el principio, y creo que, si se contuvo un tiempo, fue porque yo me mostré reacio a seguirle el juego.

—¿Y cómo lo hizo?

—Pues… al principio se mostró indiferente, como si yo solo fuera una cara tras el mostrador, pero se trataba de una indiferencia fingida, y de vez en cuando la pillaba sonriendo de una forma que…

―¿Burlonamente? ¿Picantemente?

―Sí, como si (por dentro) estuviera riéndose de mí.

—Quizás se limitaba a gozar del momento.

—Ya… Vale. Y yo me estoy limitando a contarte lo que sentí…

—Claro, qué tonta soy…

—Bien, pues lo cierto es que entró preguntando por un autor: quería saber si tenía alguna novela suya.

—¿Y…?

—Consulté mis archivos y le dije que no, que no tenía ninguna obra de Ramón Folch y Camarasa.

—¿Es que no es bueno, acaso?

—Mira, algo parecido me preguntó ella.

—¿Y qué le respondiste tú?

—Que no había leído nada suyo y que por lo tanto no podía juzgar. Y he de reconocer que me avergoncé al decirlo.

—¿Por qué?

—Porque se supone que un librero debe conocer a casi todos los autores. Aunque sea de oídas. Y, como además, yo también soy escritor… Pero, bien, lo importante es que no tardé en reaccionar.

—¿Ah, no?

—No. Y enseguida le pedí al ordenador que me imprimiese una lista con los títulos disponibles.

—¿Había muchos?

—La verdad es que no. Estamos hablando de un anciano escritor que nunca ha sido especialmente popular. Una lástima, que las editoriales no hayan promocionado un poco más sus obras. Pero, claro, hay que tener en cuenta que no son particularmente comerciales. Y como encima escribe en catalán…

—…se hace necesario traducir al español cada uno de sus trabajos.

—Sí, lógicamente ese debe de haber sido un importante escollo en la divulgación de su obra. Mas, en cualquier caso, este escritor ha ganado numerosos galardones y está muy bien considerado entre la intelectualidad catalana, de manera que nada se ha perdido, ¿no crees?

—No sé… Quizás él hubiera preferido ganar menos premios a cambio de que su obra rompiera previsiones y fronteras.

—Es posible.

—¿Qué preferirías tú?

—¿Yo?

—Sí, como escritor.

—Ventas, muchas ventas, que mis obras fueran leídas por millones de personas y que se adaptasen al cine bajo mi supervisión.

—¿Y renunciarías entonces a los reconocimientos literarios?

—Es que te parece poco reconocimiento que el mundo entero te lea y que gustes a la mayoría. No te engañes: una vez superadas las expectativas técnicas personales, el propósito de todo escribidor no es otro más que este. Pero no está en sus manos hacerlo realidad…

—¿Escribidor?

—Así deberíamos definirnos, por humildad, que ser artista ya es suficiente premio y no conviene hinchar demasiado la vanidad. Ten en cuenta que, por lo general, es difícil encontrar un creador que no se considere genial.

—Comprendo… Pero todavía no me has contado cómo se te insinuó.

—Ah… Pues empezó con los ojos… Sí, sus ojos comenzaron de pronto a mirarme con más intensidad; y brillaban como diamantes, ¿sabes? Luego noté que sus movimientos se iban haciendo más y más felinos; muy suaves y sensuales. Y su boca, sus labios…

—¿Qué?

—Se veían ansiosos, hambrientos, prestos para besar, morder, succionar…

—¿Y qué hiciste tú?

—Bueno, ya sabes que soy inseguro por naturaleza, de manera que pensé: si le sigo la corriente, acabaremos siendo amantes; cuando seamos amantes, me exigirá amor; si no consigo satisfacerla, se enfadará. Y no me agradó mucho la perspectiva, no…

—Porque has tenido malas experiencias…

—Sí, debe de ser por eso que le he cogido miedo a las relaciones íntimas.

—O sea, una fobia como cualquier otra.

—Pues no sé si es una fobia, porque el temor que siento no es nada exagerado ni morboso, sino que más bien es un temor directamente proporcional al grado de sufrimiento que estas relaciones suelen acarrear.

—Pero alguna vez te saldrá bien, ¿no?

—Claro, se supone que tarde o temprano encuentras a alguien que te comprende y respeta.

—Y que no le pide a la vida nada más de lo que hay…

—Eso.

—¿Y cómo siguió la cosa?

—Ah, sí… Pues eligió Busto de viejo en bronce. Creo que entonces era la última novela de Folch. Así que pedí dos.

—¿Dos?

—Sí, que no quería seguir siendo un ignorante de la obra de don Ramón.

—¿Y la leíste?

—Por supuesto.

—¿Y te gustó?

—Mucho. Muchísimo.

—Me alegro. Continúa, continúa…

—Sí… Entonces ella se apoyó de codos sobre el mostrador y me enseñó la parte superior de sus…

—¿Pectorales?

—Eso es. Recuerdo que en un momento estábamos muy juntos, casi pegados y…

—¿Con el mostrador en medio?

—Efectivamente, pero poco a poco nos habíamos volcado sobre él y sin darnos cuenta… Bueno, la verdad es que la temperatura había subido mucho y el calor era sofocante.

—¿Olía bien?

—A gloria. A mujer. Un aroma fresco, en todo caso. Fresco y embriagante al mismo tiempo.

—¿Y no entró nadie en la librería?

—No, y el encuentro estaba presto a alcanzar su clímax.

—¿Por qué lo piensas? Tal vez ella solo quería jugar…

—Pues quien juega con fuego…

—Se quema. ¿Se quemó?

—Nos quemamos.

—No, así no vale: has de contármelo con pelos y señales.

—De acuerdo: aguanté lo indecible, me resistí hasta el final, dejé que ella me provocara sin apenas inmutarme. De mis gestos, de mis palabras, se deducía claramente que había aceptado el reto y que estaba jugando a mi estilo. Como es natural, un hombre de mi edad ya no está para locuras y de ahí que no saltara sobre ella como un tigre.

—¿Qué hiciste, pues?

—Permitir que ella se exhibiera y exhibir a mi vez las cualidades que aún me quedan, aunque he de admitir que la tersura de su piel trigueña no tiene contrincante. Es obvio que con los años se van perdiendo, todas las cualidades, y tanto belleza como intelecto terminan por pudrirse en vida, si no mueres antes. Así que, con mis cincuenta y siete años, aunque me he cuidado, ya no estoy para muchas fiestas. ¿Que qué hice? Lo que mejor me sale: hablar, hablar y hablar. Y conseguí conquistarla, que una hora más tarde todavía estaba conmigo.

—Conseguiste conquistarla… Cómo sois los hombres… ¿No empezaste diciendo que ella se te insinuó?

—S…sí.

—Entonces fue ella quien te conquistó…

—Bueno… sí, pero…

—Además, ¿no es cierto que luego te confesó que era tu fan nº 1?

—Sí, sí, y yo le respondí que en su día leí Misery y que, por tanto, no me gustaba nada esa expresión. Seguidamente me reveló que se había desplazado desde Vitoria para conocerme, con el firme propósito de hacerme suyo. Si no recuerdo mal, yo le pregunté que qué quería decir con eso, y ella replicó que deseaba practicar sexo conmigo.

—¡Qué fuerte!

—Mucho, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de una muchacha joven, inteligente, explosiva. Una zagala que se había enamorado de mí a través de mis novelas.

—Y que, cuando te vio y habló contigo, no quedó decepcionada.

—No, extrañamente no.

—Extrañamente… Qué poco te valoras…

—Mujer…

—Hombre…

—Me quedaré contigo hasta que pases a mejor vida, me susurraste al oído.

—Vas a desperdiciar tu juventud con un viejo, repliqué yo, un tanto indignado.

—Te quiero, dijiste sencillamente.

—Pues entonces procuraré no vivir demasiado, concluí, y a renglón seguido te tomé entre mis brazos y…

 

 

 

Imagen extraída de:

http://insideconsultores.blogspot.com.es/2010/10/librerias-de-barcelona.html

 

Anuncios

Acerca de plsalvador

Aspirante a pensador (2ª acepción)
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a LA INSINUACIÓN

  1. De lo que más me ha gustado hasta ahora de todo lo que te he leído, plsalvador.
    Envidio tu habilidad con los diálogos (entre otras cosas).
    Por cierto, al final, va a resultar que debajo de ese a veces “cínico” (dicho con todo el aprecio del mundo) hay todo un romántico…
    Saludos.

  2. Julia Navas dijo:

    Ya está. Puro crescendo. Arrancas siempre en un punto álgido que te atrapa desde la primera línea, pero a partir de ahí, el “más difícil todavía”: diálogos trepidantes, hilarantes, y, como señala Testigo, cínicos, pero no exentos de profundidad y crítica feroz. Salvador, tienes estilo propio, escribes muy bien, y cuentas historias divertidas y fascinantes. No sé por qué (ahora aquí metería un taco muy mal sonante), no estás en el Olimpo de los grandes ( o sí lo sé…). Aunque ahora que lo pienso…¿Existe tal Olimpo en el panorama actual literario ?¿ O está siempre ocupado (como los servicios de señoras en los bares) por estultos, anodinos y suertudos?

  3. Mar dijo:

    Estoy con Testigo, va a resultar que eres un romántico, como casi todos los que hacen uso de ese humor cínico que ya te han comentado. Debería decir que lo digo por experiencia propia, pero… Me ha encantado la agilidad y credibilidad del dialogo, y sobre todo el final. Me encantan los finales felices.

    Un abrazo.

  4. Marga dijo:

    El conquistador conquistado…Piensa el lector mientras esboza una sonrisa entre irónica u complacida. Con la sensación de estar ante la realidad. Y ahí, pienso, reside la aunténticaa grandeza del artista-literato: en que todo aquello ficticio que se cuenta funcione en fondo y forma de manera que parezca tan natural y espontáneo como el respirar. Pero ni lo uno ni lo otro lo son. Hace falta una maquinaria hecha de múltiples piezas que han de acoplarse de manera perfecta y, además, saber cómo usarla. Como haces tú.
    Ah, y sigo pensando que con tu maestría en los diálogos tienes que hacer un guión para teatro o cine.
    Abrazotes

  5. plsalvador dijo:

    ¡Qué bien me lo paso leyendo lo bien que os lo habéis pasado! Es lo bueno de Internet. Estamos lejos pero cerca. Por cierto, que estoy en un momento jbL99WBL. O sea, que albergo dudas. De todo tipo y tamaño. A ver si un editor-tor me quita la tontería de una vez.

  6. Lavanda dijo:

    Me encantó leerte, Plsalvador. Sentí un algo como si estuviera espiando la conversación privada de dos amantes por la rendija de una puerta. Casi hasta me ruboricé cuando le dice ese tequiero tan suave que le dijo… Un saludo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s