El sueño de Luis

ramirez

EL SUEÑO DE LUIS RAMÍREZ

El patio estaba vacío y silencioso cuando el anciano entró en él. Cada día a la misma hora, justo antes del recreo, llegaba con paso reposado y tomaba asiento de cara al sol. Sus diminutos ojos, estrechas rendijas forjadas al calor de un millón de días soleados, escudriñaron la desierta explanada. La conocía desde niño. En ella jugó él, y sus hijos y nietos, pero desnuda, como ahora lo estaba…: solo haciendo novillos era posible verla así.

Sacó un pitillo y, pasándoselo por las narices, aspiró su aroma. Bajo los pinos del enorme patio había pegado sus primeras caladas prohibidas.

«¡Qué tiempos!»

Ahora era el médico quien le prohibía fumar. Al prender el tabaco sintió una sensación similar a la que experimentara de chico. De repente, una sirena acalló el trino de los pájaros: era la hora. Un millar de chavales llenó el campo de fútbol (que a fin de cuentas era en lo que se había convertido el patio) y comenzaron a disputarse dieciocho partidos en la misma parcela, con cien equipajes distintos y mil árbitros. Increíblemente se entendían; increíblemente, así había venido ocurriendo década tras década.

Dos chiquillos pasaron junto a Luis Ramírez, que tal era el nombre del anciano, y pudo percibir el fuerte olor del chorizo.

«¡Qué estómago!»

De esos manjares, únicamente el aroma podía degustar; el deteriorado envoltorio de carne que arropaba su alma no admitía más.

«¡Si volviera a ser un chaval!…», pensó, examinándose las manos.

Una repentina y fugaz racha de aire frío le sacudió. Aturdido, se estremeció sobre el gastado banco de madera. Solo se dio cuenta de que sus huesudas rodillas estaban al aire cuando tres rapaces se acercaron a él y le preguntaron:

—¿Eres nuevo?

Abrió la boca. Se miró los pies y después la ropa; reconoció los pantalones cortos y la camisa a cuadros: las prendas favoritas de su niñez. Y los zapatos cobrizos, claro.

—Sí.

—¿Juegas? —El chiquillo sostenía en vilo una pelota del tamaño de un pomelo grande—. Dos contra dos —apuntó con la barbilla a sus compañeros—. Las porterías son esas puertas de ahí —señaló con el dedo la entrada de las aulas bajo la arcada.

—Vale.

Dejando postrados en el banco sus setenta y tantos años, olvidando en un segundo, premeditadamente, el puñado de achaques, las incontables cicatrices del cuerpo y la mente, corrió ligero tras sus nuevos amiguetes en busca de la ansiada juventud.

Era, con notable diferencia, el mejor jugador de los cuatro. De forma inconsciente, su sabiduría de viejo le aconsejaba sobre la marcha la estrategia a seguir y los regates, los pases, los tiros a puerta eran magistrales teniendo en cuenta la corta edad del rapazuelo.

Maravillados, pues, quedaron los otros. Y desencantados, cuando a mitad del encuentro, sin previo aviso, Luis les anunció que, debido a un fuerte dolor en el tobillo, no podía seguir jugando. Se alejó cojeando del improvisado terreno de juego camino de su banco favorito.

Pero el verdadero motivo de su abandono era el aburrimiento. El juego, tras unos breves minutos, había dejado de interesarle; todo aquello que aderezaba el partido, aquello que, si de verdad hubiera sido un niño, habría formado parte de él, le resultaba chocante y ajeno: los infantiles comentarios, las imprecaciones tras una brusca entrada, los aplausos… y el sentimiento de gloria al realizar una soberbia jugada.

«Soy un niño con alma de viejo», se dijo.

Tomó asiento en el banco para reflexionar sobre su situación. Sin duda tenía al alcance de su mano todo aquello que siempre soñó: una carrera y un futuro brillante, una gran casa con un hermoso jardín, la posibilidad de viajar…

—Es mi oportunidad —susurró. Levantó la vista y el avispero de niñez que zumbaba a su alrededor le desasosegó—. Pero… ¡Dios mío! ¿A dónde conduce todo esto? —Apenas si lograba escuchar su atiplada voz en medio del griterío—. ¿Acaso el final va a ser distinto?…

Apesadumbrado, bajó la cabeza al comprender súbitamente que no tenía fuerzas para comenzar de nuevo. Lánguidas lágrimas se deslizaron por sus mejillas y, la angustia que le produjo la sola idea de afrontar una segunda existencia, le aguijoneó la totalidad de su ser tal cual si diez mil voraces hormigas rojas se cebasen en él.

—¡Si volviese a ser viejo!… —deseó con fuerza, alzando ligeramente la voz.

La sirena sonó larga, exasperantemente larga. Como atraída por un imán, la chiquillería desapareció tragada por el compacto edificio. El patio quedó, una vez más, en silencio, vacío. En la cabeza de Luis aún resonaba el agudo estruendo que durante media hora llenara el colegio.

Los gorriones se lanzaron al suelo en busca de las migajas. Luis descubrió un trozo de pan que algún chaval había tirado y alargó el brazo para cogerlo. Se percató entonces de que su mano curtida y arrugada era la misma de siempre, la del viejo Luis. Sonrió feliz. Rompió el mendrugo en pequeños trozos y dio de comer a los pájaros.

Sacó un cigarrillo y lo encendió. Aspiró el humo con placer. Al otro lado del patio, bajo los más frondosos pinos, dos zagales hacían lo propio a escondidas. El anciano contempló la escena con vívida nostalgia. El sol le estaba calentando los huesos y podía, más que recordar, revivir aquellos lejanos momentos. Cerró los ojos y notó el familiar calor en los párpados.

—Luis, ¡pásalo! —oyó claramente que le decía Enrique, su inseparable amigo de adolescencia—. ¿No me has oído? ¡Te lo estás fumando tú todo! ¡Pásamelo!

Dejó el pitillo sobre el banco, pero no abrió los ojos. Si Enrique estaba allí, ya lo cogería. Pero abrir los ojos…, nunca. Porque de hacerlo descubriría que su amigo estaba a su lado, y la pesadilla volvería a comenzar; o que no estaba, y el sueño moriría.

 

Imagen extraída de:

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